jueves, 14 de mayo de 2015

Los dinosaurios desaparecen

El cielo frío se abría en la cima de la boca del Subte A. Los hombres-engranajes con sus trajes aburridos miraban al suelo a paso mecánico; algunos se empujaban, otros vociferaban alguna injuria. Hasta ahí nada simulaba ser distinto. Mi mente tarareaba una vieja canción  intentando salvarse de la mediocridad de la rutina, mientras rodeaba la Pirámide de Mayo mirando hacia el cielo frío que se abría ahora en todo su esplendor. Entonces, sucedió. Un mensaje de texto le volvió a dar sentido a esos pañuelos de pintura blanca que gritaban bajo mis pies. Un sentimiento de satisfacción me inundó. No era alegría. Se iba de viejo, naturalmente, sin arrepentimientos, con tantas verdades que se comerían los gusanos. Pensé que nunca sería suficiente. Y lo comprendí todo: la satisfacción surgía de la certeza de saber que los dinosaurios desaparecen. No era alegría. No podía festejar una muerte; no por ética o moral, sencillamente porque la muerte no es justicia.

Buenos Aires, 17/05/2013.
Dedicado a Jorge Rafael Videla (2 de agosto de 1925 - 17 de mayo de 2013)

jueves, 7 de mayo de 2015

Agujero de gusano

Pasaron 4 horas y el celular sigue negro. Miro la pantalla de la computadora de escritorio pero mi atención está en el fuera de campo. Mis reflejos ante cualquier destello de luz están entrenados. No detecto ningún resplandor que me haga sospechar una esperanza. Desconfío hasta de mis sentidos. Desbloqueo la pantalla. Ni Movistar generándome la incertidumbre de saber cuánto se les va a ocurrir cobrarme en la factura de este mes. Está trabajando. ¡No me importa!. Basta con su mensaje para creer, ¡qué egoísta!, como está entretenido no me necesita. La gente sigue llegando e irrumpiendo mi introspección. Me entró algo en el ojo siempre funciona cuando te ven así. Yo los veo nublado e idiotas, pero lo último es normal. Entonces, me doy cuenta. Qué egoísta... soy. Agujero de gusano. Las sensaciones son reales pero la angustia viene de otro espacio en el tiempo, no es el deseo de que el celular ilumine el fuera de campo de mi ojo derecho. El pensamiento clarificador, el ¡EUREKA!: no es el mensaje que no llega; y doloroso: "tengo miedo a que me dejen". Ni siquiera. Tengo un enorme y fuerte miedo interior a que me abandonen. Dejar es una forma de despedirse, pero abandonar es levantarse un día y desaparecer sin dejar rastros, ni despedidas. El abandono es más que dejar porque lleva esta acción de por sí. No hay avisos preparatorios, la gente no te avisa cuando te va a abandonar, pero sí cuando te van a dejar. No te gusta ni un poco pero es de frente, te miran a los ojos y te dicen "¡tomá!, un adiós". El abandono es cobardía. Es ocultamiento, es el tiro por la espalda, la no posibilidad de un re truco, de una lágrima correspondida, de hacer preguntas aunque no tenga respuesta. Son preguntas sin respuesta que no fueron formuladas. Cuando se te ocurre qué decir ya no hay nadie que escuche. No hay grito hacia afuera, hay interior. Un mundo que se edifica hacia adentro y que en más o en menos tiempo termina ahogándose. Se asfixia en ese monoambiente que llevamos como cuerpo, y un día, muchos años después en una oficina nos hace injustos. La asfixia no repercute en el cobarde, al contrario, se ensaña con los que no nos dejan, los que ni remotamente piensan en abandonarnos, los presentes, los que pueden salvarnos con un solo mensaje de texto.

miércoles, 8 de abril de 2015

Partitura al cielo


Partitura al cielo. Una línea que se desprende y libera un espacio es un paso fuera de lo esperado, lo inaudito y arriesgado, es la salida de la trama. Lo no visible. Líneas y espacios de pentragrama como cables que unen líneas en el espacio. Dar vuelta la trama: mirar de arriba, de abajo, acostar árboles, para que al cielo le nazcan pentagramas.

martes, 18 de noviembre de 2014

Hombre-pez


Cuando las olas lo sacuden sabe a mar, pero a veces también es de río. Odia ser de estanque. Sea lo que fuere cuando la noche está cerrada lava sus vestigios, dulces y salados, en duchas calientes que se hacen tibias y terminan con un riego frío que le estremece las aletas cansadas. Desnudo bajo la ducha imagina que imagina que posee párpados, y cierra los ojos sintiendo el agua surcándole los contornos del cuerpo. Entonces piensa que la ducha es lluvia, ya no sobre sus escamas, sino sobre el mundo. Se observa sentado en una casa blanca detrás de un ventanal. Si se tapa los oídos, el ventanal se abre. La lluvia lo ensordece y se hace diluvio. Inclina la cabeza hacia atrás, el agua palpa sus extremidades, y brota la tormenta. Los truenos le causan placer. Y miedo. Sus pies resbalan en el mármol blanco. Destapa sus oídos. Cesa el vendaval. Cierra la canilla. Cesa la lluvia. Por costumbre seca sus aletas con secador de pelo y deja al resto escurrirse al aire. Se esparce protector lunar y nada hacia el patio, “ese declive por donde se derrama el cielo en la casa”. Siempre usa sombrero por temor a que se desprenda algún brillo del manto. La belleza de la luna lo hiere, lo hace frágil. Pero en algunas noches la soporta y se saca el sombrero, vuelve a la ducha, se extirpa el protector y deja el agua correr hasta convertirse en pez.

Recordis (apunte sobre la memoria)


Cuando se apaga una voz, cuando se atenúan los gestos, las miradas y el tacto, se visibilizan los espacios que los otros colman de sentido. Una cocina, un sillón, un cenicero, un librito de crucigramas, todo puede generar un vacío; una grieta de sentido incapaz de habitarse. Son los espacios los que se acomodan de otras formas y colores, y entonces uno vuelve a pedalear. Pero en algún descuido también estruja el freno, y con las ruedas estáticas lucha por recuperar esos sentidos, enumerándolos, por salvarlos del olvido. Es entonces cuando uno vuelve a pasar por el corazón.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Com-pensar

Se anudan y desaparecen
en el silencio
se censuran
los sentidos
no dicen, no pueden

atragantan
se hacen sombra
de sombras
la voz a medias
la mirada a ciegas
el alma a tientas
sin
hacer
con
pensar
la ausencia
con voces que sólo se oyen
a oscuras

Los muertos elegidos

La orquesta sonaba en sus oídos con un bajo continuo de preguntas que no esperaban ser respondidas. ¿Este instante estaba destinado en alguna escritura indescifrable? ¿O acaso era pura combinación de la suerte? ¿Y si estaba escrito, por qué no antes? ¿Por qué estaba reservado para esa mañana que le atravesaba los huesos y no, por ejemplo, para el sol que los abrigaba cinco meses antes en ese tren a Tucumán? 20 años atrás, cuando ella no existía en este plano y su alma aún navegaba por las aguas del Río Leteo, los contrabajos cantaban arrabaleros en las tablas doradas de la caja de música más acústica de estas tierras. 20 años después de esos bandoneones brotando la sangre de los guerreros que los exprimían, ella se acomodaba con urgencia los auriculares milimétricamente después de los “chin pum” por temor a perder una sensación. Y mientras maldecía a algún dios por no haber nacido en otras épocas, la belleza, inmortal, continuaba sucediéndose a pesar de su saber; la de otros tiempos y la de su plano. Creía abarcar un panorama vasto con el pensamiento mientras creaba video clips con las imágenes en movimiento que se deslizaban tras la ventana marcada por las huellas de lluvias antiguas. Su inocencia era lúcida pero inútil. El entramado de causalidades y azares se tejía silencioso, inescrutable, mientras mil y una músicas potenciales de ser escuchadas le permanecían anónimas. ¿Cuándo se revelarán? ¿Cuáles no lo harán? En ese paralelismo silencioso e irremediable que acontecía una vez más en el colectivo 68, Lucía condenaba a muerte posibles músicas al son de los bandoneones rojos.