jueves, 7 de mayo de 2015

Agujero de gusano

Pasaron 4 horas y el celular sigue negro. Miro la pantalla de la computadora de escritorio pero mi atención está en el fuera de campo. Mis reflejos ante cualquier destello de luz están entrenados. No detecto ningún resplandor que me haga sospechar una esperanza. Desconfío hasta de mis sentidos. Desbloqueo la pantalla. Ni Movistar generándome la incertidumbre de saber cuánto se les va a ocurrir cobrarme en la factura de este mes. Está trabajando. ¡No me importa!. Basta con su mensaje para creer, ¡qué egoísta!, como está entretenido no me necesita. La gente sigue llegando e irrumpiendo mi introspección. Me entró algo en el ojo siempre funciona cuando te ven así. Yo los veo nublado e idiotas, pero lo último es normal. Entonces, me doy cuenta. Qué egoísta... soy. Agujero de gusano. Las sensaciones son reales pero la angustia viene de otro espacio en el tiempo, no es el deseo de que el celular ilumine el fuera de campo de mi ojo derecho. El pensamiento clarificador, el ¡EUREKA!: no es el mensaje que no llega; y doloroso: "tengo miedo a que me dejen". Ni siquiera. Tengo un enorme y fuerte miedo interior a que me abandonen. Dejar es una forma de despedirse, pero abandonar es levantarse un día y desaparecer sin dejar rastros, ni despedidas. El abandono es más que dejar porque lleva esta acción de por sí. No hay avisos preparatorios, la gente no te avisa cuando te va a abandonar, pero sí cuando te van a dejar. No te gusta ni un poco pero es de frente, te miran a los ojos y te dicen "¡tomá!, un adiós". El abandono es cobardía. Es ocultamiento, es el tiro por la espalda, la no posibilidad de un re truco, de una lágrima correspondida, de hacer preguntas aunque no tenga respuesta. Son preguntas sin respuesta que no fueron formuladas. Cuando se te ocurre qué decir ya no hay nadie que escuche. No hay grito hacia afuera, hay interior. Un mundo que se edifica hacia adentro y que en más o en menos tiempo termina ahogándose. Se asfixia en ese monoambiente que llevamos como cuerpo, y un día, muchos años después en una oficina nos hace injustos. La asfixia no repercute en el cobarde, al contrario, se ensaña con los que no nos dejan, los que ni remotamente piensan en abandonarnos, los presentes, los que pueden salvarnos con un solo mensaje de texto.

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