martes, 18 de noviembre de 2014

Hombre-pez


Cuando las olas lo sacuden sabe a mar, pero a veces también es de río. Odia ser de estanque. Sea lo que fuere cuando la noche está cerrada lava sus vestigios, dulces y salados, en duchas calientes que se hacen tibias y terminan con un riego frío que le estremece las aletas cansadas. Desnudo bajo la ducha imagina que imagina que posee párpados, y cierra los ojos sintiendo el agua surcándole los contornos del cuerpo. Entonces piensa que la ducha es lluvia, ya no sobre sus escamas, sino sobre el mundo. Se observa sentado en una casa blanca detrás de un ventanal. Si se tapa los oídos, el ventanal se abre. La lluvia lo ensordece y se hace diluvio. Inclina la cabeza hacia atrás, el agua palpa sus extremidades, y brota la tormenta. Los truenos le causan placer. Y miedo. Sus pies resbalan en el mármol blanco. Destapa sus oídos. Cesa el vendaval. Cierra la canilla. Cesa la lluvia. Por costumbre seca sus aletas con secador de pelo y deja al resto escurrirse al aire. Se esparce protector lunar y nada hacia el patio, “ese declive por donde se derrama el cielo en la casa”. Siempre usa sombrero por temor a que se desprenda algún brillo del manto. La belleza de la luna lo hiere, lo hace frágil. Pero en algunas noches la soporta y se saca el sombrero, vuelve a la ducha, se extirpa el protector y deja el agua correr hasta convertirse en pez.

Recordis (apunte sobre la memoria)


Cuando se apaga una voz, cuando se atenúan los gestos, las miradas y el tacto, se visibilizan los espacios que los otros colman de sentido. Una cocina, un sillón, un cenicero, un librito de crucigramas, todo puede generar un vacío; una grieta de sentido incapaz de habitarse. Son los espacios los que se acomodan de otras formas y colores, y entonces uno vuelve a pedalear. Pero en algún descuido también estruja el freno, y con las ruedas estáticas lucha por recuperar esos sentidos, enumerándolos, por salvarlos del olvido. Es entonces cuando uno vuelve a pasar por el corazón.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Com-pensar

Se anudan y desaparecen
en el silencio
se censuran
los sentidos
no dicen, no pueden

atragantan
se hacen sombra
de sombras
la voz a medias
la mirada a ciegas
el alma a tientas
sin
hacer
con
pensar
la ausencia
con voces que sólo se oyen
a oscuras

Los muertos elegidos

La orquesta sonaba en sus oídos con un bajo continuo de preguntas que no esperaban ser respondidas. ¿Este instante estaba destinado en alguna escritura indescifrable? ¿O acaso era pura combinación de la suerte? ¿Y si estaba escrito, por qué no antes? ¿Por qué estaba reservado para esa mañana que le atravesaba los huesos y no, por ejemplo, para el sol que los abrigaba cinco meses antes en ese tren a Tucumán? 20 años atrás, cuando ella no existía en este plano y su alma aún navegaba por las aguas del Río Leteo, los contrabajos cantaban arrabaleros en las tablas doradas de la caja de música más acústica de estas tierras. 20 años después de esos bandoneones brotando la sangre de los guerreros que los exprimían, ella se acomodaba con urgencia los auriculares milimétricamente después de los “chin pum” por temor a perder una sensación. Y mientras maldecía a algún dios por no haber nacido en otras épocas, la belleza, inmortal, continuaba sucediéndose a pesar de su saber; la de otros tiempos y la de su plano. Creía abarcar un panorama vasto con el pensamiento mientras creaba video clips con las imágenes en movimiento que se deslizaban tras la ventana marcada por las huellas de lluvias antiguas. Su inocencia era lúcida pero inútil. El entramado de causalidades y azares se tejía silencioso, inescrutable, mientras mil y una músicas potenciales de ser escuchadas le permanecían anónimas. ¿Cuándo se revelarán? ¿Cuáles no lo harán? En ese paralelismo silencioso e irremediable que acontecía una vez más en el colectivo 68, Lucía condenaba a muerte posibles músicas al son de los bandoneones rojos.