lunes, 17 de noviembre de 2014

Los muertos elegidos

La orquesta sonaba en sus oídos con un bajo continuo de preguntas que no esperaban ser respondidas. ¿Este instante estaba destinado en alguna escritura indescifrable? ¿O acaso era pura combinación de la suerte? ¿Y si estaba escrito, por qué no antes? ¿Por qué estaba reservado para esa mañana que le atravesaba los huesos y no, por ejemplo, para el sol que los abrigaba cinco meses antes en ese tren a Tucumán? 20 años atrás, cuando ella no existía en este plano y su alma aún navegaba por las aguas del Río Leteo, los contrabajos cantaban arrabaleros en las tablas doradas de la caja de música más acústica de estas tierras. 20 años después de esos bandoneones brotando la sangre de los guerreros que los exprimían, ella se acomodaba con urgencia los auriculares milimétricamente después de los “chin pum” por temor a perder una sensación. Y mientras maldecía a algún dios por no haber nacido en otras épocas, la belleza, inmortal, continuaba sucediéndose a pesar de su saber; la de otros tiempos y la de su plano. Creía abarcar un panorama vasto con el pensamiento mientras creaba video clips con las imágenes en movimiento que se deslizaban tras la ventana marcada por las huellas de lluvias antiguas. Su inocencia era lúcida pero inútil. El entramado de causalidades y azares se tejía silencioso, inescrutable, mientras mil y una músicas potenciales de ser escuchadas le permanecían anónimas. ¿Cuándo se revelarán? ¿Cuáles no lo harán? En ese paralelismo silencioso e irremediable que acontecía una vez más en el colectivo 68, Lucía condenaba a muerte posibles músicas al son de los bandoneones rojos.

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