El cielo frío se abría en la cima de la boca del Subte A. Los
hombres-engranajes con sus trajes aburridos miraban al suelo a paso
mecánico; algunos se empujaban, otros vociferaban alguna
injuria. Hasta ahí nada simulaba ser distinto. Mi mente tarareaba una vieja canción intentando salvarse de la mediocridad de la rutina,
mientras rodeaba la Pirámide de Mayo mirando hacia el cielo frío que se
abría ahora en todo su esplendor. Entonces, sucedió. Un mensaje de
texto le volvió a dar sentido a esos pañuelos de pintura blanca que
gritaban bajo mis pies. Un sentimiento de satisfacción me inundó. No
era alegría. Se iba de viejo, naturalmente, sin
arrepentimientos, con tantas verdades que se comerían los gusanos.
Pensé que nunca sería suficiente. Y lo comprendí
todo: la satisfacción surgía de la certeza de saber que los dinosaurios
desaparecen. No era alegría. No podía festejar una muerte; no por ética o
moral, sencillamente porque la muerte no es justicia.
Buenos Aires, 17/05/2013.
Dedicado a Jorge Rafael Videla (2 de agosto de 1925 - 17 de mayo de 2013)
jueves, 14 de mayo de 2015
jueves, 7 de mayo de 2015
Agujero de gusano
Pasaron
4 horas y el celular sigue negro. Miro la pantalla de la computadora de
escritorio pero mi atención está en el fuera de campo. Mis reflejos ante cualquier destello
de luz están entrenados. No detecto ningún resplandor que me haga sospechar una esperanza. Desconfío hasta de mis sentidos. Desbloqueo la pantalla. Ni Movistar generándome la
incertidumbre de saber cuánto se les va a ocurrir cobrarme en la factura de este mes. Está trabajando.
¡No me importa!. Basta con su mensaje para creer, ¡qué egoísta!, como
está entretenido no me necesita. La gente sigue llegando e irrumpiendo
mi introspección. Me entró algo en el ojo siempre funciona cuando te ven
así. Yo los veo nublado e idiotas, pero lo último es normal. Entonces, me doy cuenta. Qué egoísta... soy. Agujero de gusano. Las sensaciones son reales pero la angustia viene de otro espacio en el tiempo, no es el deseo de que el celular ilumine el fuera de campo de mi ojo derecho. El
pensamiento clarificador, el ¡EUREKA!: no es el mensaje que no llega; y doloroso: "tengo miedo a que
me dejen". Ni siquiera. Tengo un enorme y fuerte miedo interior a que me
abandonen. Dejar es una forma de despedirse, pero abandonar es levantarse un
día y desaparecer sin dejar rastros, ni despedidas. El abandono es más
que dejar porque lleva esta acción de por sí. No hay
avisos preparatorios, la gente no te avisa cuando te va a abandonar,
pero sí cuando te van a dejar. No te gusta ni un poco pero es de frente, te miran a los ojos y te dicen "¡tomá!, un adiós". El abandono es cobardía. Es ocultamiento, es el tiro por la
espalda, la no posibilidad de un re truco, de una lágrima
correspondida, de hacer preguntas aunque no tenga respuesta. Son
preguntas sin respuesta que no fueron formuladas. Cuando se
te ocurre qué decir ya no hay nadie que escuche. No hay grito hacia afuera, hay interior. Un
mundo que se edifica hacia adentro y que en más o en menos tiempo termina ahogándose. Se asfixia en ese monoambiente que llevamos como cuerpo, y un día, muchos años después en una oficina nos hace injustos. La asfixia no repercute en el cobarde, al contrario, se ensaña con los que
no nos dejan, los que ni remotamente piensan en abandonarnos, los presentes,
los que pueden salvarnos con un solo mensaje de texto.
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