El cielo frío se abría en la cima de la boca del Subte A. Los
hombres-engranajes con sus trajes aburridos miraban al suelo a paso
mecánico; algunos se empujaban, otros vociferaban alguna
injuria. Hasta ahí nada simulaba ser distinto. Mi mente tarareaba una vieja canción intentando salvarse de la mediocridad de la rutina,
mientras rodeaba la Pirámide de Mayo mirando hacia el cielo frío que se
abría ahora en todo su esplendor. Entonces, sucedió. Un mensaje de
texto le volvió a dar sentido a esos pañuelos de pintura blanca que
gritaban bajo mis pies. Un sentimiento de satisfacción me inundó. No
era alegría. Se iba de viejo, naturalmente, sin
arrepentimientos, con tantas verdades que se comerían los gusanos.
Pensé que nunca sería suficiente. Y lo comprendí
todo: la satisfacción surgía de la certeza de saber que los dinosaurios
desaparecen. No era alegría. No podía festejar una muerte; no por ética o
moral, sencillamente porque la muerte no es justicia.
Buenos Aires, 17/05/2013.
Dedicado a Jorge Rafael Videla (2 de agosto de 1925 - 17 de mayo de 2013)
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